Crónicas Desde la “Capi”

D. nos manda esto desde la “Capi”.

 

Hello friends:
Aquí me tenéis desde la capital del Reino intentando ser cronista fiel de aquello que acontece por estos lugares. Y para inaugurar mi corresponsalía nada mejor que iniciarla con un reportaje candente y seguro que no falto de polémica, como la celebración del Día del Orgullo Gay. Antes de nada quiero precisar que no pretendo ser ni imparcial ni objetivo en mis crónicas o afirmaciones, principalmente porque la objetividad no existe, si fuera un florero sería objeto y a la vez tendría la cualidad de ser objetivo; pero como soy sujeto me permito el derecho de ser subjetivo. Una vez echa esta pequeña declaración de principios o finales, siempre hay quien está a tiempo de dejar de leer si no le parece bien, daré comienzo a mi narración.

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Chueca ha sufrido una radical transformación en la última década, pasando de ser un barrio gris y en clara decadencia, a un barrio lleno de colorido, diversidad y un elevado auge económico. La llegada del colectivo gay al barrio ha limpiado de marginalidad las calles. Las primeras veces que yo vine a Madrid dio la casualidad de que mi destino fue la calle Hortaleza, arteria principal…

…del barrio. Me encontré allí con un Madrid oscuro y abandonado, alejado del brillo y del color de la Gran Vía por la que yo había descendido hasta la calle Hortaleza. Los edificios centenarios estaban sin rehabilitar, con las brechas visibles de los años, la población era claramente anciana y la gran mayoría de los jóvenes que se veían allí se habían instalado en la grisura del barrio para el consumo de la heroína. Dos realidades tan diferentes de una misma ciudad que se tocaban, dos Madrid diferentes con tan solo adentrarse en una calle y un barrio. Y mi recuerdo de aquel barrio, que por aquel entonces no sabía ni su nombre, permaneció inalterable en mi memoria hasta que años después quiso el destino que en mi desembarco madrileño me viniera a vivir al barrio de Malasaña. Dicho barrio para quienes no lo sepan es el barrio que está junto a Chueca. A modo divertido a mi me gusta decir que la nueva “milla de oro”, la calle Fuencarral, divide ambos barrios, y yo vivo en el de la acera de enfrente de Chueca. Y al caminar nuevamente por las calles me di cuenta que no eran las caminos de mi recuerdo. Era como si la luz hubiera conseguido colarse dentro de aquel barrio de calles estrechas y a su paso le hubiera ido pintando de colores más vivos. Esa luz tiene una razón de ser, que es el Colectivo de Gays y Lesbianas, y una bandera precisamente llena de colores. Se esté de acuerdo o no con éstas orientaciones sexuales, lo que no se puede negar es la evidencia de la metamorfosis que ha sufrido la zona en la última década desde la colonización de la bandera multicolor. Desarrollo que ya se estudia como ejemplo de reconversión global de un barrio.

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Integrado ya desde hace cinco años en el día a día de estos dos barrios, Malasaña y Chueca, tan fundamentales para la fisonomía de una ciudad como Madrid, participé este último fin de semana en las Fiestas de Chueca por el Día del Orgullo Gay. Yo siempre he pensado que viviremos en una sociedad avanzada cuando dejen de existir este tipo de celebraciones. Días como el del Orgullo Gay, o la Mujer Trabajadora, hoy por hoy son necesarios para revindicar derechos que aún ciertos colectivos no han conseguido. ¿Por qué no se celebra el Día del Orgullo Hetero, o el Día del Hombre Trabajador? Desagraciadamente a día de hoy hay mucho que normalizar aún. O quizá debiéramos decir que volver a normalizar tras miles de años de desatinos, de preceptos impuestos por la errónea moral de muchas religiones que en el nombre del amor de no sé que clase de dioses de barro, ha reprimido durante tanto tiempo la auténtica libertad del individuo. ¿Por qué no estamos intentando alcanzar ahora una normalidad sexual que ya se tenía en sociedades como la griega o romana? Ya sé que ahora alguien estará pensando en ancianos “jugando” con pequeños efebos, pero no me refiero a las formas sino al fondo admitido de que la relación homosexual existía. En algo seguimos igual, por noticias que van saliendo sabemos que muchos “padres” guardianes de la moral cristiana también tienen cierta predilección por los jóvenes, es decir los indefensos. Porque estoy seguro que el 99% de los que el otro día no reprimían su condición sexual e iban subidos en aquellos camiones estando orgullosos de ella, nunca abusarían de un niño ni de nadie.

 

Pero tristemente, aunque pueda parecer que se ha conseguido mucho, y es verdad, aún queda recorrer un largo camino. El colectivo gay ha salido del armario, pero la siguiente revolución será cuando salga del Gueto. Es decir, cuando salga de Chueca y sus bares y pueda actuar con total libertad allí donde vaya. Y ese es un largo y lento proceso. Madrid es una ciudad cosmopolita, abierta al mundo y avanzada, pero si uno sale de Chueca ya es mucho más difícil ver imágenes como las que allí se ven. Yo entiendo que es lógico que siendo Chueca el barrio gay sea allí donde se vean con más normalidad parejas de mujeres de la mano o hombres besándose en la calle, pero una vez que se sale del barrio ya es mucho más difícil encontrase con esos paisajes. En muy pocos bares de heteros he visto parejas de homosexuales besarse o darse la mano. Por ello creo que aún son necesarias manifestaciones como la del otro día, para salir del gueto y revindicar lo mucho que queda por revindicar. Y desde ese punto creo que hay que ver imágenes como las del otro día. El resto es colorín y fiesta, brillos y lentejuelas, fuegos de artificios que desaparecen al morir la noche. El movimiento gay ha encontrado en esa liturgia, en esa puesta en escena, el mejor modo de llamar la atención y gritar a quienes queramos oír que aquí están. En este país no hay más locas que las vacas y porque señores de gris, de ese color que ha abandonado Chueca, lo han permitido. Os adjunto unas instantáneas muy divertidas y que unos años atrás nunca se hubieran podido ver.

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Para terminar quiero contaros una anécdota que me pasó el otro hace quince días paseando por la Castellana con mi amigo Fernando. Como todos vosotros sabéis, Fernando es ciego, y cuando camina con algún vidente guarda el bastón y se agarra del brazo de la persona con quien camina. Pues allí que estábamos los dos cruzando la Castellana a la altura de Nuevos Ministerios, a eso de las dos de la madrugada de un sábado, cuando desde un coche nos pitaron y nos gritaron ¡maricones! ¿Por qué? Tan sólo porque Fernando iba agarrado de mi brazo. Y además que pasa si hubiéramos sido una pareja. Yo reconozco que me dejó un poco perplejo, y que me dio rabia la cobardía de alguien tan ruin que insulta con esos términos y de ese modo. Me hubiera gustado poder decirle la verdad, que Fernando es ciego y que es su modo de poder caminar por el mundo cuando va con amigos y no con su bastón, ver su cara de ignorante ante una verdad tan diferente de la que él quiso ver. Cuanta ignorancia viaja a grandes velocidades. Pensé en todo lo que encerraba una acción como esa y también pensé en cuantas parejas de homosexuales estarían paseando del mismo modo que nosotros, en lo difícil que puede ser a veces abandonar el gueto y en lo mucho que queda por hacer y educar. Fernando y yo no tuvimos opción, él había dejado el bastón en casa, y seguimos paseando en la noche con el dolor de saber lo que es sentirse excluido.

 

Desde la capital del Reino,

D.

 

 

 

 

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